Mostrando las entradas con la etiqueta Humanismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Humanismo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 24 de junio de 2015

La Carta Magna de la ecología integral: grito de la Tierra-grito de los pobres, Leonardo Boff



La Carta Magna de la ecología integral: grito de la Tierra-grito de los pobres
18/06/2015
Antes de hacer cualquier comentario vale la pena resaltar algunas singularidades de la encíclica Laudato sí del Papa Francisco.
Es la primera vez que un Papa aborda el tema de la ecología en el sentido de una ecología integral (por tanto que va más allá de la ambiental) de forma tan completa. Gran sorpresa: elabora el tema dentro del nuevo paradigma ecológico, cosa que ningún documento oficial de la ONU ha hecho hasta hoy. Fundamenta su discurso con los datos más seguros de las ciencias de la vida y de la Tierra. Lee los datos afectivamente (con inteligencia sensible o cordial), pues discierne que detrás de ellos se esconden dramas humanos y mucho sufrimiento también por parte de la madre Tierra. La situación actual es grave, pero el Papa Francisco siempre encuentra razones para la esperanza y para confiar en que el ser humano puede encontrar soluciones viables. Enlaza con los Papas que le precedieron, Juan Pablo II y Benedicto XVI, citándolos con frecuencia. Y algo absolutamente nuevo: su texto se inscribe dentro de la colegialidad, pues valora las contribuciones de decenas de conferencias episcopales del mundo entero, desde la de Estados Unidos a la de Alemania, la de Brasil, la de la Patagonia-Comahue, la del Paraguay. Acoge las contribuciones de otros pensadores, como los católicos Pierre Teilhard de Chardin, Romano Guardini, Dante Alighieri, su maestro argentino Juan Carlos Scannone, el protestante Paul Ricoeur y el musulmán sufí Ali Al-Khawwas. Los destinatarios somos todos los seres humanos, pues todos somos habitantes de la misma casa común (palabra muy usada por el Papa) y sufrimos las mismas amenazas.
El Papa Francisco no escribe en calidad de Maestro y Doctor de la fe sino como un Pastor celoso que cuida de la casa común y de todos los seres, no sólo de los humanos, que habitan en ella.
Un elemento merece ser destacado, pues revela la «forma mentis» (la manera de organizar su pensamiento) del Papa Francisco. Este es tributario de la experiencia pastoral y teológica de las iglesias latinoamericanas que a la luz de los documentos del episcopado latinoamericano (CELAM) de Medellín (1968), de Puebla (1979) y de Aparecida (2007) hicieron una opción por los pobres contra la pobreza y a favor de la liberación.
El texto y el tono de la encíclica son típicos del Papa Francisco y de la cultura ecológica que ha acumulado, pero me doy cuenta de que también muchas expresiones y modos de hablar remiten a lo que viene siendo pensado y escrito principalmente en América Latina. Los temas de la «casa común», de la «madre Tierra», del «grito de la Tierra y del grito de los pobres», del «cuidado», de la «interdependencia entre todos los seres», de los «pobres y vulnerables», del «cambio de paradigma», del «ser humano como Tierra» que siente, piensa, ama y venera, de la «ecología integral» entre otros, son recurrentes entre nosotros.
La estructura de la encíclica obedece al ritual metodológico usado por nuestras iglesias y por la reflexión teológica ligada a la práctica de liberación, ahora asumida y consagrada por el Papa: ver, juzgar, actuar y celebrar.
Comienza revelando su principal fuente de inspiración: San Francisco de Asís, al que llama «ejemplo por excelencia de cuidado y de una ecología integral, y que mostró una atención especial por los más pobres y abandonados» (n.10; n.66).
Y entonces empieza con el ver: «Lo que le está pasando a nuestra casa» (nn.17-61). Afirma el Papa: «basta mirar la realidad con sinceridad para ver que hay un gran deterioro de nuestra casa común» (n.61). En esta parte incorpora los datos más consistentes referentes a los cambios climáticos (nn.20-22), la cuestión del agua (n.27-31), la erosión de la biodiversidad (nn.32-42), el deterioro de la calidad de la vida humana y la degradación de la vida social (nn.43-47), denuncia la alta tasa de iniquidad planetaria, que afecta a todos los ámbitos de la vida (nn.48-52), siendo los pobres las principales víctimas (n. 48).
En esta parte hay una frase que nos remite a la reflexión hecha en América Latina: «Pero hoy no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el grito de la Tierra como el grito de los pobres» (n.49). Después añade: «el gemido de la hermana Tierra se une al gemido de los abandonados del mundo» (n.53). Esto es absolutamente coherente, pues al principio ha dicho que «nosotros somos Tierra» (n. 2; cf. Gn 2,7), muy en la línea del gran cantor y poeta indígena argentino Atahualpa Yupanqui: «el ser humano es Tierra que camina, que siente, que piensa y que ama».
Condena la propuesta de internacionalización de la Amazonia que «solamente serviría a los intereses económicos de las multinacionales» (n.38). Hace una afirmación de gran vigor ético: «es gravísima iniquidad obtener importantes beneficios haciendo pagar al resto de la humanidad, presente y futura, los altísimos costos de la degradación ambiental» (n.36).
Con tristeza reconoce: «nunca habíamos maltratado y lastimado a nuestra casa común como en los dos últimos siglos» (n.53). Frente a esta ofensiva humana contra la madre Tierra que muchos científicos han denunciado como la inauguración de una nueva era geológica –el antropoceno– lamenta la debilidad de los poderes de este mundo que, engañados, «piensan que todo puede continuar como está» como coartada para «mantener sus hábitos autodestructivos» (n.59) con «un comportamiento que parece suicida» (n.55).
Prudente, reconoce la diversidad de opiniones (nn.60-61) y que «no hay una única vía de solución» (n.60). Así y todo «es cierto que el sistema mundial es insostenible desde diversos puntos de vista porque hemos dejado de pensar en los fines de la acción humana» (n.61) y nos perdemos en la construcción de medios destinados a la acumulación ilimitada a costa de la injusticia ecológica (degradación de los ecosistemas) y de la injusticia social (empobrecimiento de las poblaciones). La humanidad simplemente «ha defraudado las expectativas divinas» (n.61).
El desafío urgente, entonces, consiste en «proteger nuestra casa común» (n.13); y para eso necesitamos, citando al Papa Juan Pablo II: «una conversión ecológica global» (n.5); «una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad» (n.231).
Realizada la dimensión del ver, se impone ahora la dimensión del juzgar. Juzgar que es planteado en dos vertientes, una científica y otra teológica.
Veamos la científica. La encíclica dedica todo el tercer capítulo al análisis «de la raíz humana de la crisis ecológica» (nn.101-136). Aquí el Papa se propone analizar la tecnociencia sin prejuicios, acogiendo lo que ha traído de «cosas realmente valiosas para mejorar la calidad de vida del ser humano» (n. 103). Pero este no es el problema, sino que se independizó, sometió a la economía, a la política y a la naturaleza en vista de la acumulación de bienes materiales (cf.n.109). La tecnociencia parte de una suposición equivocada que es la «disponibilidad infinita de los bienes del planeta» (n.106), cuando sabemos que ya hemos tocado los límites físicos de la Tierra y que gran parte de los bienes y servicios no son renovables. La tecnociencia se ha vuelto tecnocracia, una verdadera dictadura con su lógica férrea de dominio sobre todo y sobre todos (n.108).
La gran ilusión, hoy dominante, reside en creer que con la tecnociencia se pueden resolver todos los problemas ecológicos. Esta es una idea engañosa porque «implica aislar las cosas que están siempre conectadas» (n.111). En realidad, «todo está relacionado» (n.117) «todo está en relación» (n.120), una afirmación que recorre todo el texto de la encíclica como un ritornelo, pues es un concepto-clave del nuevo paradigma contemporáneo. El gran límite de la tecnocracia está en el hecho de «fragmentar los saberes y perder el sentido de totalidad» (n.110). Lo peor es «no reconocer el valor propio de cada ser e incluso negar un valor peculiar al ser humano» (n.118).
El valor intrínseco de cada ser, por minúsculo que sea, está destacado de manera permanente en la encíclica (n.69), como lo hace la Carta de la Tierra. Negando ese valor intrínseco estamos impidiendo que «cada ser comunique su mensaje y dé gloria a Dios» (n.33).
La mayor desviación producida por la tecnocracia es el antropocentrismo. Este supone ilusoriamente que las cosas solo tienen valor en la medida en que se ordenan al uso humano, olvidando que su existencia vale por sí misma (n.33). Si es verdad que todo está en relación, entonces «nosotros los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas y nos unimos con tierno cariño al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre Tierra» (n.92). ¿Cómo podemos pretender dominarlos y verlos bajo la óptica estrecha de la dominación?
Todas las «virtudes ecológicas» (n.88) se pierden por la voluntad de poder como dominación de los otros y de la naturaleza. Vivimos una angustiante «pérdida del sentido de la vida y del deseo de vivir juntos» (n.110). Cita algunas veces al teólogo ítalo-alemán Romano Guardini (1885-1968), uno de los más leídos a mediados del siglo pasado, que escribió un libro crítico contra las pretensiones de la modernidad (n.105 nota 83: Das Ende der Neuzeit, El ocaso de la Edad Moderna, 1958).
La otra vertiente del juzgar es de corte teológico. La encíclica reserva un buen espacio al «Evangelio de la Creación» (nn. 62-100). Parte justificando el aporte de las religiones y del cristianismo, pues siendo la crisis global, cada instancia debe, con su capital religioso, contribuir al cuidado de la Tierra (n.62). No insiste en las doctrinas sino en la sabiduría presente en los distintos caminos espirituales. El cristianismo prefiere hablar de creación en vez de naturaleza, pues la «creación tiene que ver con un proyecto de amor de Dios» (n.76). Cita, más de una vez, un bello texto del libro de la Sabiduría (11,24) donde aparece claro que «la creación pertenece al orden del amor» (n.77) y que Dios es “el Señor amante de la vida” (Sab 11,26).
El texto se abre a una visión evolucionista del universo sin usar esa palabra, hace un circunloquio al referirse al universo «compuesto por sistemas abiertos que entran en comunión unos con otros» (n.79). Utiliza los principales textos que ligan a Cristo encarnado y resucitado con el mundo y con todo el universo, haciendo sagrada la materia y toda la Tierra (n.83). Y en este contexto cita a Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955, n.83 nota 53) como precursor de esta visión cósmica.
El hecho de que Dios-Trinidad sea relación de divinas Personas tiene como consecuencia que todas las cosas en relación sean resonancias de la Trinidad divina (n.240).
Citando al Patriarca Ecuménico de la Iglesia ortodoxa, Bartolomeo «reconoce que los pecados contra la creación son pecados contra Dios» (n.7). De aquí la urgencia de una conversión ecológica colectiva que rehaga la armonía perdida.
La encíclica concluye esta parte acertadamente: «el análisis mostró la necesidad de un cambio de rumbo… debemos salir de la espiral de autodestrucción en la que nos estamos hundiendo» (n.163). No se trata de una reforma, sino, citando la Carta de la Tierra, de buscar «un nuevo comienzo» (n.207). La interdependencia de todos con todos nos lleva a pensar «en un solo mundo con un proyecto común» (n.164).
Ya que la realidad presenta múltiples aspectos, todos íntimamente relacionados, el Papa Francisco propone una “ecología integral” que va más allá de la ecología ambiental a la que estamos acostumbrados (n.137). Ella cubre todos los campos, el ambiental, el económico, el social, el cultural y también la vida cotidiana (n.147-148). Nunca olvida a los pobres que testimonian también su forma de ecología humana y social viviendo lazos de pertenencia y de solidaridad de los unos con los otros (n.149).
El tercer paso metodológico es el actuar. En esta parte, la encíclica se atiene a los grandes temas de la política internacional, nacional y local (nn.164-181). Subraya la interdependencia de lo social y de lo educacional con lo ecológico y constata lamentablemente las dificultades que trae el predominio de la tecnocracia, dificultando los cambios que refrenen la voracidad de acumulación y de consumo, y que puedan inaugurar lo nuevo (n.141). Retoma el tema de la economía y de la política que deben servir al bien común y a crear condiciones para una plenitud humana posible (n.189-198). Vuelve a insistir en el diálogo entre la ciencia y la religión, como viene siendo sugerido por el gran biólogo Edward O. Wilson (cf. el libro La creación: cómo salvar la vida en la Tierra, 2008). Todas las religiones «deben buscar el cuidado de la naturaleza y la defensa de los pobres» (n.201).
Todavía en el aspecto del actuar desafía a la educación en el sentido de crear una «ciudadanía ecológica» (n.211) y un nuevo estilo de vida, asentado sobre el cuidado, la compasión, la sobriedad compartida, la alianza entre la humanidad y el ambiente, pues ambos están umbilicalmente ligados, la corresponsabilidad por todo lo que existe y vive y por nuestro destino común (nn.203-208).
Finalmente, el momento de celebrar. La celebración se realiza en un contexto de «conversión ecológica» (n.216) que implica una «espiritualidad ecológica» (n.216). Esta se deriva no tanto de las doctrinas teológicas sino de las motivaciones que la fe suscita para cuidar de la casa común y «alimentar una pasión por el cuidado del mundo» (216). Tal vivencia es antes una mística que moviliza a las personas a vivir el equilibrio ecológico, «el interior consigo mismo, el solidario con los otros, el natural con todos los seres vivos y el espiritual con Dios» (n.210). Ahí aparece como verdadero que «lo menos es más» y que podemos ser felices con poco.
En el sentido de la celebración «el mundo es algo más que un problema a resolver, es un misterio gozoso que contemplamos con jubilosa alabanza» (n.12).
El espíritu tierno y fraterno de San Francisco de Asís atraviesa todo el texto de la encíclica Laudato sí. La situación actual no significa una tragedia anunciada, sino un desafío para que cuidemos de la casa común y unos de otros. Hay en el texto levedad, poesía y alegría en el Espíritu e indestructible esperanza en que si grande es la amenaza, mayor aún es la oportunidad de solución de nuestros problemas ecológicos.
Termina poéticamente “Más allá del sol”, con estas palabras: «Caminemos cantando. Que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten la alegría de la esperanza» (n.244).
Me gustaría acabar con las palabras finales de la Carta de la Tierra que el mismo Papa cita (n.207): «Que nuestro tiempo se recuerde por despertar a una nueva reverencia ante la vida, por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad, por acelerar la lucha por la justicia y la paz, y por la alegre celebración de la vida».
Leonardo Boff, teólogo y ecólogo
Traducción de Mª José Gavito Milano
Este texto es un capitulo del libro en italiano Curare la Madre Terra, EMI, Bologna

jueves, 19 de marzo de 2015

La deshumanización de las Humanidades

En la entrada del día de hoy les compartimos la reflexión de Francesc Serés, publicada en el blog Cristianismo y Justicia, sobre la deshumanización de las Humanidades.

Esperamos que juntos sigamos aportando a la discusión y a la acción sobre el papel que están jugando las Humanidades, y los humanistas, en el actual entorno de desigualdad económica, políticas y social que campea en la mayor parte del mundo.



viernes, 6 de marzo de 2015

Lo que necesita ser incluido en el proceso educativo

Leonardo Boff

 

 Generalmente el proceso educativo de la sociedad y sus instituciones como la red de escuelas y de universidades están siempre atrasadas en relación a los cambios que se producen. No anticipan eventuales procesos y les cuesta hacer los cambios necesarios para estar a la altura de ellos.

Entre otros, los grandes cambios que están ocurriendo en la Tierra son dos: la aparición de la comunicación global vía internet y redes sociales, y la gran crisis ecológica que pone en peligro el sistema-vida y el sistema-Tierra. Eventualmente podemos desaparecer de la Tierra. Para impedir ese apocalipsis la educación debe ser otra, distinta de la que ha dominado hasta ahora.

No basta el conocimiento. Necesitamos conciencia, una nueva mente y un nuevo corazón. Necesitamos también una nueva práctica. Urge reinventarnos como humanos, en el sentido de inaugurar una nueva forma de habitar el planeta con otro tipo de civilización. Como decía muy bien Hannah Arendt: «podemos informarnos la vida entera sin educarnos nunca». Hoy tenemos que reeducarnos.

Por eso, a las dimensiones referidas añado estas dos: aprender a cuidar y aprender a espiritualizarse.

Pero previamente es necesario rescatar la inteligencia cordial, sensible o emocional. Sin ella, hablar del cuidado o de la espiritualidad tiene poco sentido. La causa está en que el sistema de enseñanza moderno se funda en la razón intelectual, instrumental y analítica. Esta es una forma de conocer y de dominar la realidad, haciéndola un mero objeto. Con el pretexto de que impediría la objetividad del conocimiento, la razón sensible fue reprimida. Con esto surgió una visión fría del mundo. Se dio una especie de lobotomía que nos impide sentirnos parte de la naturaleza y de percibir el dolor de los otros.

Sabemos que la razón intelectual, tal como la tenemos hoy, es reciente, tiene cerca de 200 mil años, momento en que surgió el homo sapiens con su cerebro neocortical. Pero antes, hace cerca de 200 millones de años, surgió el cerebro límbico, cuando aparecieron los mamíferos. Con ellos entró en el mundo el amor, el cuidado, el sentimiento que dedican a su cría. Nosotros los humanos hemos olvidado que somos mamíferos intelectuales, por tanto, somos fundamentalmente portadores de emociones, pasiones y afectos. En el cerebro límbico reside el nicho de la ética, de los sentimientos oceánicos, como son los religiosos. Todavía antes, hace 300 millones de años, irrumpió el cerebro reptil que responde de nuestras reacciones instintivas; pero no es el caso de abordarlo aquí.

Lo que importa es que hoy tenemos que enriquecer nuestra razón intelectual con la razón cordial, mucho más ancestral, si queremos realizar el cuidado y la espiritualidad.

Sin estas dos dimensiones no nos movilizaremos para cuidar de la Tierra, del agua, del clima, de las relaciones inclusivas. Necesitamos cuidar de todo, sin lo cual las cosas se deterioran y perecen. Y entonces iríamos al encuentro de un escenario dramático.

Otra tarea es rescatar la dimensión de espiritualidad. Esta no debe ser identificada con la religión. Subyace a la religión porque es anterior a ella. La espiritualidad es una dimensión inherente al ser humano como la razón, la voluntad y la sexualidad. Es el lado profundo, de donde surgen las cuestiones del sentido terminal de la vida y del mundo. Lamentablemente estas cuestiones han sido consideradas como algo privado y sin gran valor. Pero sin incorporarlas, la vida pierde irradiación y alegría. Además hay un dato nuevo: los neurólogos concluyeron que siempre que el ser humano aborda estas cuestiones del sentido, de lo sagrado y de Dios, hay una aceleración sensible de las neuronas del lóbulo frontal. Llamaron a esto «punto Dios» en el cerebro, una especie de órgano interior por el cual captamos la Presencia de una Energía poderosa y amorosa que liga y re-liga todas las cosas.

Alimentar ese «punto Dios» nos hace más solidarios, amorosos y cuidadosos. Él se opone al consumismo y al materialismo de nuestra cultura. Todos, especialmente los que están en la escuela, deben ser iniciados en esta espiritualidad, pues nos vuelve más sensibles a los otros, más ligados a la madre Tierra, a la naturaleza y al cuidado, valores sin los cuales no garantizaremos un futuro bueno para nosotros.

Inteligencia cordial y espiritualidad son las exigencias más urgentes que nos plantea la amenazadora situación actual.

Leonardo Boff es columnista del JBonline y ha escrito: Saber cuidar, 2000 y El cuidado necesario, 2013.
Traducción de MJ Gavito Milano

Enlace al blog de Leonardo Boff

martes, 4 de noviembre de 2014

Reconciliar ciencia y humanismo: Edgar Morin

Hace ya más de una década decía el filósofo francés Edgar Morin que la ciencia y el humanismo debían reunificarse para responder a las interrogantes del mundo actual. Su postura, sin duda, sigue teniendo una vigencia absoluta. Aquí podrás encontrar el artículo:

Edgar Morin: reconciliar ciencia y humanismo

miércoles, 15 de octubre de 2014

Trivializar el mal...




 En 1961, Adolf Eichmann, uno de los mayores criminales y arquitectos del Holocausto judío, fue juzgado y condenado a muerte en Jerusalén por crímenes contra la humanidad. Hannah Arendt, una filósofa alemana de origen judío, quien se había exiliado en Estados Unidos, viajó a Israel después de que The New Yorker le pidió ser quien escribiera del curso del juicio.

Arendt escribió más de trecientas cuartillas que convirtió en un libro titulado Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, en el cual no aparece el monstruo que iba dibujándose a través de una sucesión de relatos atroces en los que “la piel desgarrada y la carne torturada de los judíos” solo podía ser producto del “fanático celo y la insaciable sed de sangre” de Eichmann y de sus cómplices.

La autora veía en el estrado a un ordinario burócrata del nazismo, “incapaz de expresar una sola frase que no fuera una frase hecha” que buscaba ser eficiente en las tareas que se le encomendaban en su búsqueda por ascender. Lo escucha decir en su declaración final que “él jamás odió a los judíos, y nunca deseó la muerte de un ser humano”. Su culpa provenía de la obediencia, esa virtud tan alabada; eran quienes ostentaban el poder los que habían abusado de su obediencia.

Al contrastar “el execrable horror de los hechos” con la “innegable insignificancia del hombre que los había perpetrado”, el libro obliga a reflexionar y desafía la idea generalizada —como explica el escritor Jesús Ferrero— de que “el mal y su banalidad se ocultan en criaturas extraordinarias”, cuando la verdad es que hasta el mal más inmundo, puede cobijarse en la estructura física y mental de un individuo que puede calificarse como normal.

No es necesario, sin embargo, volver a un hecho como el Holocausto para encontrar expresiones que banalicen el mal. Abu Ghraib, Srebrenica, Ruanda y recientemente Siria hablan de ello, igual que la violencia cercana y cotidiana de los asesinos a sueldo de las bandas criminales en nuestro país o la noticia que salta a la cara sobre tres adolescentes que asesinan a un estudiante por aburrimiento.

En su trabajo, Hannah Arendt encontró que los individuos como Eichmann no eran sádicos, ni tampoco homicidas por naturaleza. Muchos de ellos incluso tenían educación avanzada. De ahí que el problema radicara, no tanto en dormir su conciencia, “como en eliminar la piedad meramente instintiva que todo hombre normal experimenta ante el espectáculo del sufrimiento físico”. Muchos hombres que se habían convertido en asesinos tenían en la cabeza algo que les era común: “la simple idea de estar dedicados a una tarea histórica, grandiosa, única”.

Intento traer la reflexión al escenario actual, luego de ver una foto de Eduardo Verdugo, de Associated Press, en la que se aprecia a un policía al que un grupo de provocadores ha bañado en gasolina y prendido fuego, durante la conmemoración de la matanza de estudiantes del 2 de octubre de 1968. A la difusión de la imagen le siguen comentarios festivos en redes sociales: “Si los policías no arden, ¿quién iluminará esta oscuridad?”, “Bien merecido a ese pusilánime que en lugar de defender al pueblo se abalanza contra él” o “No es legal, pero si muy divertido, el olor a policía quemado es muy similar al de cerdo quemado” [sic].
Cada vez que transigimos con el mal lo banalizamos y para que el mal se trivialice —escribía no hace mucho Arnaldo Kraus—, “es indispensable renunciar a la voluntad, sepultar el disenso, traicionar principios éticos básicos, enterrar la voz de la conciencia, ignorar la autocritica y aceptar la sumisión como forma de vida”.
Decía Salman Rushdie que ninguno de nosotros llega al mundo con las manos vacías; llevamos con nosotros el bagaje de nuestra herencia biológica y cultural, “puede que nos creamos libres para elegir, y moralmente responsables de nuestras decisiones […] pero el modo en que enmarcamos esas decisiones […] no es algo que decidamos únicamente nosotros”. Sin embargo, como advertía la escritora checa Monika Zgustova, Arendt puso de manifiesto que el mal puede ser obra de la gente común, de aquellos que renuncian a pensar para abandonarse a la corriente y herir al otro hasta la muerte, mientras creen desempeñar un papel de cambio. Ellos y sus compañeros de ruta, los que justifican a través del discurso y dan un valor moral positivo a un acto criminal,retratan a la perfección ese concepto acuñado hace 50 años: la banalidad del mal.
Letras Libres, Lorenzo Meyer.

jueves, 18 de septiembre de 2014

No hay una educación transformadora sin una apuesta por la belleza y el amor

Con la entrada del día de hoy les compartimos el texto de la conferencia de clausura del Congreso por el Derecho a la Educación, dictada por Daniel Jover.

En sus líneas, Jover nos invita a "reivindicar la eutopía educativa como el espacio donde experimentamos la causa humana. No hay educación transformadora sin una apuesta por la belleza y el amor. El gran Paulo Freire nos decía un día que la mejor manera de embellecer el mundo es transformándolo. La apuesta educativa es una opción ética, pero también estética, porque el ser humano necesita luz y la educación necesita luz natural".

Estamos seguros que, a partir de lo propuesto en el escrito, ustedes también podrán realizar valiosas consideraciones sobre el quehacer educativo.



Esperamos sus comentarios y reflexiones

viernes, 5 de septiembre de 2014

Espiritualidad, religión y sentido de vida ¿Se puede hablar de Dios hoy?



Uno de los retos de la posmodernidad es cómo hablar de la experiencia de Dios. En las últimas décadas los seres humanos intuimos que para poder hacerlo hay que escuchar diferentes voces para que juntos y juntas podamos entablar un diálogo interreligioso y descubrir nuevos caminos para hablar de Dios hoy…
El Programa de Reflexión Universitaria de la Universidad Iberoamericana para poder reflexionar sobre estas preguntas organizó como cada año la  EXPO ARU 2014 donde se muestran algunos trabajos de los alumnos que plasman sus inquietudes, sus preguntas y sus reflexiones sobre diversos temas del humanismo. Pero, además, se organizaron algunos paneles  para  reflexionar algunos temas de interés para los jóvenes y uno de ellos es ¿Cómo hablar de Dios  hoy? Por eso, el miércoles 27 de agosto  se presentó un panel sobre Espiritualidad, religión y sentido de vida ¿Se puede hablar de Dios hoy?

El rabino Leonel Levy de la comunidad de Bet (Polanco) egresado del Seminario Rabínico Latinoamericano en Buenos Aires Argentina y con un Master en Filosofía judía en Israel nos invitó a una introspección sobre nuestra vida y el tiempo como una bendición de Dios para hacer algo por los otros.  Los seres humanos tenemos el compromiso de hacer nuestro mundo un lugar donde Dios pueda vivir, por eso hay que repararnos y reparar a la sociedad. 

Recordó el relato de Abraham donde este patriarca se tiene que dar cuenta que su hijo no es su posesión y que Isaac tiene que hacer su propio proyecto de vida. Concluyó el rabino exhortándonos a comprometernos para hacer un mundo más justo lleno de esperanza. 

Además, estuvo en el panel el Ing. Erham  Cokcoskun quien nació en Estambul, Turquía y es el director del Centro Cultural Turco en México. Él comenzó su participación haciéndose las preguntas fundamentales del ser humano como el origen, el sentido a la vida, hacia dónde vamos entre otras. Para él una de las preguntas fundamentales es ¿quién es el ser humano?

El Ingeniero abordó esta pregunta desde la misión profética, pues afirmó que las personas somos moldeadas por los valores divinos. Citando el Corán nos recordó que Dios nos creo como seres únicos e irrepetibles y que todo es un don porque Dios que es compasivo y misericordioso. Al intentar responder a esta pregunta constatamos que las personas somos libres para creer, conocer y amar a Dios. 

Por último, contamos con la presencia de la Dra. Marilú Rojas quien es teóloga feminista  con estudios de doctorado en la universidad de Lovaina. Desde la teología feminista afirmó que el cristianismo está  dirigido por hombres y no hay equidad con las mujeres. Por eso, es importante y necesario escuchar las diferentes voces para que juntos y juntas podamos encontrar nuevos caminos para hablar de Dios hoy.

Ella planteó la posibilidad de repensar la manera como se organizan las  tradiciones religiosas, para evitar la discriminación y la violencia. Propuso un diálogo respetuoso y atento, para, así,  reconocer que todos y todas somos personas creados por Dios como Padre/Madre.

Ante el patriarcado que propicia relaciones excluyentes y violentas planteó  la posibilidad de establecer una lógica de respeto, equidad, libertad y así  construir la paz con justicia para que Dios se haga presente en la historia. 

Después de haber escuchado diferentes voces de las diversas tradiciones religiosas podemos reflexionar la necesidad de repensar cómo hablar de Dios hoy. Los tres participantes coincidieron en la necesidad de comprometerse a construir un mundo con justicia y paz lleno de esperanza. Y como dice Hans Küng “No habrá paz entre los pueblos  si no hay paz entre las religiones del mundo”.
Mtra. Mónica Chávez Aviña