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miércoles, 30 de septiembre de 2015

Discurso del papa Francisco en la ONU



Les agradezco la invitación que me han hecho a que les dirija la palabra en esta sesión conjunta del Congreso en «la tierra de los libres y en la patria de los valientes». Me gustaría pensar que lo han hecho porque también yo soy un hijo de este gran continente, del que todos nosotros hemos recibido tanto y con el que tenemos una responsabilidad común.
Cada hijo o hija de un país tiene una misión, una responsabilidad personal y social. La de ustedes como Miembros del Congreso, por medio de la actividad legislativa, consiste en hacer que este País crezca como Nación. Ustedes son el rostro de su pueblo, sus representantes. Y están llamados a defender y custodiar la dignidad de sus conciudadanos en la búsqueda constante y exigente del bien común, pues éste es el principal desvelo de la política. La sociedad política perdura si se plantea, como vocación, satisfacer las necesidades comunes favoreciendo el crecimiento de todos sus miembros, especialmente de los que están en situación de mayor vulnerabilidad o riesgo. La actividad legislativa siempre está basada en la atención al pueblo. A eso han sido invitados, llamados, convocados por las urnas.
Se trata de una tarea que me recuerda la figura de Moisés en una doble perspectiva. Por un lado, el Patriarca y legislador del Pueblo de Israel simboliza la necesidad que tienen los pueblos de mantener la conciencia de unidad por medio de una legislación justa. Por otra parte, la figura de Moisés nos remite directamente a Dios y por lo tanto a la dignidad trascendente del ser humano. Moisés nos ofrece una buena síntesis de su labor: ustedes están invitados a proteger, por medio de la ley, la imagen y semejanza plasmada por Dios en cada rostro.
En esta perspectiva quisiera hoy no sólo dirigirme a ustedes, sino con ustedes y en ustedes a todo el pueblo de los Estados Unidos. Aquí junto con sus Representantes, quisiera tener la oportunidad de dialogar con miles de hombres y mujeres que luchan cada día para trabajar honradamente, para llevar el pan a su casa, para ahorrar y –poco a poco– conseguir una vida mejor para los suyos. Que no se resignan solamente a pagar sus impuestos, sino que –con su servicio silencioso– sostienen la convivencia. Que crean lazos de solidaridad por medio de iniciativas espontáneas pero también a través de organizaciones que buscan paliar el dolor de los más necesitados.
Me gustaría dialogar con tantos abuelos que atesoran la sabiduría forjada por los años e intentan de muchas maneras, especialmente a través del voluntariado, compartir sus experiencias y conocimientos. Sé que son muchos los que se jubilan pero no se retiran; siguen activos construyendo esta tierra. Me gustaría dialogar con todos esos jóvenes que luchan por sus deseos nobles y altos, que no se dejan atomizar por las ofertas fáciles, que saben enfrentar situaciones difíciles, fruto muchas veces de la inmadurez de los adultos. Con todos ustedes quisiera dialogar y me gustaría hacerlo a partir de la memoria de su pueblo.
Mi visita tiene lugar en un momento en que los hombres y mujeres de buena voluntad conmemoran el aniversario de algunos ilustres norteamericanos. Salvando los vaivenes de la historia y las ambigüedades propias de los seres humanos, con sus muchas diferencias y límites, estos hombres y mujeres apostaron, con trabajo, abnegación y hasta con su propia sangre, por forjar un futuro mejor. Con su vida plasmaron valores fundantes que viven para siempre en el alma de todo el pueblo. Un pueblo con alma puede pasar por muchas encrucijadas, tensiones y conflictos, pero logra siempre encontrar los recursos para salir adelante y hacerlo con dignidad. Estos hombres y mujeres nos aportan una hermenéutica, una manera de ver y analizar la realidad. Honrar su memoria, en medio de los conflictos, nos ayuda a recuperar, en el hoy de cada día, nuestras reservas culturales.
Me limito a mencionar cuatro de estos ciudadanos: Abraham Lincoln, Martin Luther King, Dorothy Day y Thomas Merton.
Estamos en el  ciento cincuenta aniversario del asesinato del Presidente Abraham Lincoln, el defensor de la libertad, que ha trabajado incansablemente para que «esta Nación, por la gracia de Dios, tenga una nueva aurora de libertad». Construir un futuro de libertad exige amor al bien común y colaboración con un espíritu de subsidiaridad y solidaridad.
Todos conocemos y estamos sumamente preocupados por la inquietante situación social y política de nuestro tiempo. El mundo es cada vez más un lugar de conflictos violentos, de odio nocivo, de sangrienta atrocidad, cometida incluso en el nombre de Dios y de la religión. Somos conscientes de que ninguna religión es inmune a diversas formas de aberración individual o de extremismo ideológico. Esto nos urge a estar atentos frente a cualquier tipo de fundamentalismo de índole religiosa o del tipo que fuere. Combatir la violencia perpetrada bajo el nombre de una religión, una ideología, o un sistema económico y, al mismo tiempo, proteger la libertad de las religiones, de las ideas, de las personas requiere un delicado equilibrio en el que tenemos que trabajar. Y, por otra parte, puede generarse una tentación a la que hemos de prestar especial atención: el reduccionismo simplista que divide la realidad en buenos y malos; permítanme usar la expresión: en justos y pecadores. El mundo contemporáneo con sus heridas, que sangran en tantos hermanos nuestros, nos convoca a afrontar todas las polarizaciones que pretenden dividirlo en dos bandos. Sabemos que en el afán  de querer liberarnos del enemigo exterior podemos caer en la tentación de ir alimentando el enemigo interior. Copiar el odio y la violencia del tirano y del asesino es la mejor manera de ocupar su lugar. A eso este pueblo dice: No.
Nuestra respuesta, en cambio, es de esperanza y de reconciliación, de paz y de justicia. Se nos pide tener el coraje y usar nuestra inteligencia para resolver las crisis geopolíticas y económicas que abundan hoy. También en el mundo desarrollado las consecuencias de estructuras y acciones injustas aparecen con mucha evidencia. Nuestro trabajo se centra en devolver la esperanza, corregir las injusticias, mantener la fe en los compromisos, promoviendo así la recuperación de las personas y de los pueblos. Ir hacia delante juntos, en un renovado espíritu de fraternidad y solidaridad, cooperando con entusiasmo al bien común.
El reto que tenemos que afrontar hoy nos pide una renovación del espíritu de colaboración que ha producido tanto bien a lo largo de la historia de los Estados Unidos. La complejidad, la gravedad y la urgencia de tal desafío exige poner en común los recursos y los talentos que poseemos y empeñarnos en sostenernos mutuamente, respetando las diferencias y las convicciones de conciencia.
En estas tierras, las diversas comunidades religiosas han ofrecido una gran ayuda para construir y reforzar la sociedad. Es importante, hoy como en el pasado, que la voz de la fe, que es una voz de fraternidad y de amor, que busca sacar lo mejor de cada persona y de cada sociedad, pueda seguir siendo escuchada. Tal cooperación es un potente instrumento en la lucha por erradicar las nuevas formas mundiales de esclavitud, que son fruto de grandes injusticias que pueden ser superadas sólo con nuevas políticas y consensos sociales.
Apelo aquí a la historia política de los Estados Unidos, donde la democracia está radicada en la mente del Pueblo. Toda actividad política debe servir y promover el bien de la persona humana y estar fundada en el respeto de su dignidad. «Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que han sido dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos está la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad» (Declaración de Independencia, 4 julio 1776). Si es verdad que la política debe servir a la persona humana, se sigue que no puede ser esclava de la economía y de las finanzas. La política responde a la necesidad imperiosa de convivir para construir juntos el bien común posible, el de una comunidad que resigna intereses particulares para poder compartir, con justicia y paz, sus bienes, sus intereses, su vida social. No subestimo la dificultad que esto conlleva, pero los aliento en este esfuerzo.
En esta sede quiero recordar también la marcha que, cincuenta años atrás, Martin Luther King encabezó desde Selma a Montgomery, en la campaña por realizar el «sueño» de plenos derechos civiles y políticos para los afro-americanos. Su sueño sigue resonando en nuestros corazones. Me alegro de que Estados Unidos siga siendo para muchos la tierra de los «sueños». Sueños que movilizan a la acción, a la participación, al compromiso. Sueños que despiertan lo que de más profundo y auténtico hay en los pueblos.
En los últimos siglos, millones de personas han alcanzado esta tierra persiguiendo el sueño de poder construir su propio futuro en libertad. Nosotros, pertenecientes a este continente, no nos asustamos de los extranjeros, porque muchos de nosotros hace tiempo fuimos extranjeros. Les hablo como hijo de inmigrantes, como muchos de ustedes que son descendientes de inmigrantes. Trágicamente, los derechos de cuantos vivieron aquí mucho antes que nosotros no siempre fueron respetados. A estos pueblos y a sus naciones, desde el corazón de la democracia norteamericana, deseo reafirmarles mi más alta estima y reconocimiento. Aquellos primeros contactos fueron bastantes convulsos y sangrientos, pero es difícil enjuiciar el pasado con los criterios del presente. Sin embargo, cuando el extranjero nos interpela, no podemos cometer los pecados y los errores del pasado. Debemos elegir la posibilidad de vivir ahora en el mundo más noble y justo posible, mientras formamos las nuevas generaciones, con una educación que no puede dar nunca la espalda a los «vecinos», a todo lo que nos rodea. Construir una nación nos lleva a pensarnos siempre en relación con otros, saliendo de la lógica de enemigo para pasar a la lógica de la recíproca subsidiaridad, dando lo mejor de nosotros. Confío que lo haremos.
Nuestro mundo está afrontando una crisis de refugiados sin precedentes desde los tiempos de la II Guerra Mundial. Lo que representa grandes desafíos y decisiones difíciles de tomar. A lo que se suma, en este continente, las miles de personas que se ven obligadas a viajar hacia el norte en búsqueda de una vida mejor para sí y para sus seres queridos, en un anhelo de vida con mayores oportunidades. ¿Acaso no es lo que nosotros queremos para nuestros hijos? No debemos dejarnos intimidar por los números, más bien mirar a las personas, sus rostros, escuchar sus historias mientras luchamos por asegurarles nuestra mejor respuesta a su situación. Una respuesta que siempre será humana, justa y fraterna. Cuidémonos de una tentación contemporánea: descartar todo lo que moleste. Recordemos la regla de oro: «Hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes» (Mt 7,12).
Esta regla nos da un parámetro de acción bien preciso: tratemos a los demás con la misma pasión y compasión con la que queremos ser tratados. Busquemos para los demás las mismas posibilidades que deseamos para nosotros. Acompañemos el crecimiento de los otros como queremos ser acompañados. En definitiva: queremos seguridad, demos seguridad; queremos vida, demos vida; queremos oportunidades, brindemos oportunidades. El parámetro que usemos para los demás será el parámetro que el tiempo usará con nosotros. La regla de oro nos recuerda la responsabilidad que tenemos de custodiar y defender la vida humana en todas las etapas de su desarrollo.
Esta certeza es la que me ha llevado, desde el principio de mi ministerio, a trabajar en diferentes niveles para solicitar la abolición mundial de la pena de muerte. Estoy convencido que este es el mejor camino, porque cada vida es sagrada, cada persona humana está dotada de una dignidad inalienable y la sociedad sólo puede  beneficiarse en la rehabilitación de aquellos que han cometido algún delito. Recientemente, mis hermanos Obispos aquí, en los Estados Unidos, han renovado el llamamiento para la abolición de la pena capital. No sólo me uno con mi apoyo, sino que animo y aliento a cuantos están convencidos de que una pena justa y necesaria nunca debe excluir la dimensión de la esperanza y el objetivo de la rehabilitación.
En estos tiempos en que las cuestiones sociales son tan importantes, no puedo dejar de nombrar a la Sierva de Dios Dorothy Day, fundadora del Movimiento del trabajador católico. Su activismo social, su pasión por la justicia y la causa de los oprimidos estaban inspirados en el Evangelio, en su fe y en el ejemplo de los santos.
¡Cuánto se ha progresado, en este sentido, en tantas partes del mundo! ¡Cuánto se viene trabajando en estos primeros años del tercer milenio para sacar a las personas de la extrema pobreza! Sé que comparten mi convicción de que todavía se debe hacer mucho más y que, en momentos de crisis y de dificultad económica, no se puede perder el espíritu de solidaridad internacional. Al mismo tiempo, quiero alentarlos a recordar cuán cercanos a nosotros son hoy los prisioneros de la trampa de la pobreza. También a estas personas debemos ofrecerles esperanza. La lucha contra la pobreza y el hambre ha de ser combatida constantemente, en sus muchos frentes, especialmente en las causas que las provocan. Sé que gran parte del pueblo norteamericano hoy, como ha sucedido en el pasado, está haciéndole frente a este problema.
No es necesario repetir que parte de este gran trabajo está constituido por la creación y distribución de la riqueza. El justo uso de los recursos naturales, la aplicación de soluciones tecnológicas y la guía del espíritu emprendedor son parte indispensable de una economía que busca ser moderna pero especialmente solidaria y sustentable. «La actividad empresarial, que es una noble vocación orientada a producir riqueza y a mejorar el mundo para todos, puede ser una manera muy fecunda de promover la región donde instala sus emprendimientos, sobre todo si entiende que la creación de puestos de trabajo es parte ineludible de su servicio al bien común» (Laudato si’, 129). Y este bien común incluye también la tierra, tema central de la Encíclica que he escrito recientemente para «entrar en diálogo con todos acerca de nuestra casa común» (ibíd., 3). «Necesitamos una conversación que nos una a todos, porque el desafío ambiental que vivimos, y sus raíces humanas, nos interesan y nos impactan a todos» (ibíd., 14).
En Laudato si’, aliento el esfuerzo valiente y responsable para «reorientar el rumbo» (N. 61) y para evitar las más grandes consecuencias que surgen del degrado ambiental provocado por la actividad humana. Estoy convencido de que podemos marcar la diferencia y no tengo alguna duda de que los Estados Unidos –y este Congreso– están llamados a tener un papel importante. Ahora es el tiempo de acciones valientes y de estrategias para implementar una «cultura del cuidado» (ibíd., 231) y una «aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza» (ibíd., 139). La libertad humana es capaz de limitar la técnica (cf. ibíd., 112); de interpelar «nuestra inteligencia para reconocer cómo deberíamos orientar, cultivar y limitar nuestro poder» (ibíd., 78); de poner la técnica al «servicio de otro tipo de progreso más sano, más humano, más social, más integral» (ibíd., 112). Sé y confío que sus excelentes instituciones académicas y de investigación pueden hacer una contribución vital en los próximos años.
Un siglo atrás, al inicio de la Gran Guerra, «masacre inútil», en palabras del Papa Benedicto XV, nace otro gran norteamericano, el monje cisterciense Thomas Merton. Él sigue siendo fuente de inspiración espiritual y guía para muchos. En su autobiografía escribió: «Aunque libre por naturaleza y a imagen de Dios, con todo, y a imagen del mundo al cual había venido, también fui prisionero de mi propia violencia y egoísmo. El mundo era trasunto del infierno, abarrotado de hombres como yo, que le amaban y también le aborrecían. Habían nacido para amarle y, sin embargo, vivían con temor y ansias desesperadas y enfrentadas». Merton fue sobre todo un hombre de oración, un pensador que desafió las certezas de su tiempo y abrió horizontes nuevos para las almas y para la Iglesia; fue también un hombre de diálogo, un promotor de la paz entre pueblos y religiones.
En tal perspectiva de diálogo, deseo reconocer los esfuerzos que se han realizado en los últimos meses y que ayudan a superar las históricas diferencias ligadas a dolorosos episodios del pasado. Es mi deber construir puentes y ayudar lo más posible a que todos los hombres y mujeres puedan hacerlo. Cuando países que han estado en conflicto retoman el camino del diálogo, que podría haber estado interrumpido por motivos legítimos, se abren nuevos horizontes para todos. Esto ha requerido y requiere coraje, audacia, lo cual no significa falta de responsabilidad. Un buen político es aquel que, teniendo en mente los intereses de todos, toma el momento con un espíritu abierto y pragmático. Un buen político opta siempre por generar procesos más que por ocupar espacios (cf. Evangelii gaudium, 222-223).
Igualmente, ser un agente de diálogo y de paz significa estar verdaderamente determinado a atenuar y, en último término, a acabar con los muchos conflictos armados que afligen nuestro mundo. Y sobre esto hemos de ponernos un interrogante: ¿por qué las armas letales son vendidas a aquellos que pretenden infligir un sufrimiento indecible sobre los individuos y la sociedad? Tristemente, la respuesta, que todos conocemos, es simplemente por dinero; un dinero impregnado de sangre, y muchas veces de sangre inocente. Frente al silencio vergonzoso y cómplice, es nuestro deber afrontar el problema y acabar con el tráfico de armas.
Tres hijos y una hija de esta tierra, cuatro personas, cuatro sueños: Abraham Lincoln, la libertad; Martin Luther King, una libertad que se vive en la pluralidad y la no exclusión; Dorothy Day, la justicia social y los derechos de las personas; y Thomas Merton, la capacidad de diálogo y la apertura a Dios.
Cuatro representantes del pueblo norteamericano.
Terminaré mi visita a su País en Filadelfia, donde participaré en el Encuentro Mundial de las Familias. He querido que en todo este Viaje Apostólico la familia fuese un tema recurrente. Cuán fundamental ha sido la familia en la construcción de este País. Y cuán digna sigue siendo de nuestro apoyo y aliento. No puedo esconder mi preocupación por la familia, que está amenazada, quizás como nunca, desde el interior y desde el exterior. Las relaciones fundamentales son puestas en duda, como el mismo fundamento del matrimonio y de la familia. No puedo más que confirmar no sólo la importancia, sino por sobre todo, la riqueza y la belleza de vivir en familia.
De modo particular quisiera llamar su atención sobre aquellos componentes de la familia que parecen ser los más vulnerables, es decir, los jóvenes. Muchos tienen delante un futuro lleno de innumerables posibilidades, muchos otros parecen desorientados y sin sentido, prisioneros en un laberinto de violencia, de abuso y desesperación. Sus problemas son nuestros problemas. No nos es posible eludirlos. Hay que afrontarlos juntos, hablar y buscar soluciones más allá del simple tratamiento nominal de las cuestiones. Aun a riesgo de simplificar, podríamos decir que existe una cultura tal que empuja a muchos jóvenes a no poder formar una familia porque están privados de oportunidades de futuro. Sin embargo, esa misma cultura concede a muchos otros, por el contrario, tantas oportunidades, que también ellos se ven disuadidos de formar una familia.
Una Nación es considerada grande cuando defiende la libertad, como hizo Abraham Lincoln; cuando genera una cultura que permita a sus hombres «soñar» con plenitud de derechos para sus hermanos y hermanas, como intentó hacer Martin Luther King; cuando lucha por la justicia y la causa de los oprimidos, como hizo Dorothy Day en su incesante trabajo; siendo fruto de una fe que se hace diálogo y siembra paz, al estilo contemplativo de Merton.
Me he animado a esbozar algunas de las riquezas de su patrimonio cultural, del alma de su pueblo. Me gustaría que esta alma siga tomando forma y crezca, para que los jóvenes puedan heredar y vivir en una tierra que ha permitido a muchos soñar. Que Dios bendiga a América. 
Fuente: Radio Vaticana. 
©Univision.com

miércoles, 29 de abril de 2015

Presentación del libro "Reflexiones en torno a la muerte"

Es un gusto para nosotros invitarles a la
presentación del libro

Reflexiones en torno a la muerte
Compilación de Andrés Navarro Zamora

y en el que podremos leer las contribuciones de
Andrés Navarro Zamora
Myriam García Piedras
Lucila Rubio Jiménez
Miguel Ángel García


Jueves 30 de abril de 2015, 11:00 hrs.
Auditorio Xavier Scheifler y de Amézaga
(Edificio S, segundo nivel)

Estaremos muy complacidos de contar con su presencia





miércoles, 22 de octubre de 2014

Javier Sicilia” El PRI creyó que podía administrar el infierno”



Javier Sicilia” El PRI creyó que podía administrar el infierno” 

Creía que ya no tenía lágrimas. Después de llorar durante dos años el asesinato de su hijo y de los miles de muertos que a duras penas sabe contar este país, el poeta al que el narco arrancó la poesía dio un paso atrás. Dejó de ser la voz penetrante de las víctimas que acompañó a la muerte que sembró sobre México el Gobierno de Felipe Calderón (2006-2012) y se refugió en la universidad y en la ciudad de Cuernavaca, en la que crecieron sus hijos. “Sigo en lo mismo, pero desmontado de los medios”. La semana pasada Sicilia viajó a la Ciudad de México y escuchó a los padres de los 43 estudiantes a los que el 26 de septiembre un grupo de policías, supuestamente relacionados con el narco, hizo desaparecer.
— Había un matrimonio de campesinos muy tristes que decían: ‘en la mañana salimos al campo y nos olvidamos un poco, pero cuando llega la tarde la tristeza es honda, muy honda’. Yo conozco demasiado esas tardes. Creí que estaba seco, pero ahí me quebré.
Llora porque “no hay un solo día de olvido” pero a Sicilia, de 57 años, se le ve tranquilo. Se nota que ya no lleva el peso del Movimiento por la Paz, que nació como respuesta a la muerte de su hijo Juanelo el 26 de marzo de 2011 y aglutinó a miles de víctimas que buscaron consuelo en los abrazos de este hombre de barba blanca, botas camperas y sombrero de Indiana Jones.
Estamos en estado de revolución, al borde del estallido social
Desde un café frente a la catedral de Cuernavaca, a una hora de la Ciudad de México, mira desde la distancia las marchas que lideró durante dos años a través del país para exigir justicia y habla con franqueza de la "derrota" de una organización que hizo despertar a los mexicanos a la realidad de un país en guerra, con sus miles de muertos y de desaparecidos a cuestas. “Ojalá todo ese esfuerzo inmenso hubiera servido para algo, pero mira lo de los estudiantes de Iguala y todo lo hay debajo. México es una gran fosa común”. Entonces fuma otro de sus cigarrillos marca Delicados, ataca un arroz verde con enchilada roja y el poeta de la paz empieza a hablar de la guerra.
— Estamos en estado de revolución, al borde del estallido social. El enojo es tan grande. Veo una especie de guerra civil. Ojalá y me equivoque.
El poeta que ya no escribe poesía se convirtió sin quererlo en un símbolo. Ataca al Gobierno con dureza, pero al poder siempre le ha gustado tenerlo cerca. El expresidente Calderón, al que promete recordarle “mientras viva los 60.000 muertos que dejó" su estrategia de guerra contra el narco, se sentó con él en más de una ocasión. El actual presidente, Enrique Peña Nieto, no lo hace personalmente, pero lo hace su gente de confianza. La semana pasada participó como mediador entre las autoridades y las familias de los desaparecidos en Iguala (Guerrero). "En el Gobierno están rebasados. El PRI creyó que podía administrar el infierno, pero no sabía de su dimensión".
El poeta que ya ha dejado de sentarse en los cafés pegado a la pared, como le obligaban al principio sus escoltas por miedo a recibir un ataque por la espalda, siempre ha huido de las medias palabras. A Peña Nieto, cuando era candidato, le dijo en público que no tenía corazón. Sicilia recuerda que cuando el hoy presidente se dirigía a su coche, se volteó hacia él:
México es un Estado fallido, inexistente, roto. ¿Quién va a querer invertir aquí?
— Oiga, sí tengo corazón.
— Pues demuéstrelo.
“Le dolía que se lo dijera, pero yo tenía razón. No tiene corazón. La Ley de Víctimas la entregó por un principio pragmático político, no porque le dolieran las víctimas". La norma fue publicada en enero de 2013 por un recién estrenado gobierno del PRI, después de dos años de lucha de Sicilia, que trabajó mano a mano con las autoridades para su articulación. "No ha servido para nada. Ni siquiera se les ve ahora en Guerrero", lamenta.
El poeta cree que hoy el país está peor que en 2011, pese a "los esfuerzos del Gobierno por desterrar el discurso belicista". "¿Quién va a querer invertir aquí?", se pregunta sobre las reformas recientemente aprobadas por la administración priísta. Habla de México como un “Estado fallido, inexistente, roto”. Del "horror de ver a muchachos matando muchachos en esta guerra fratricida”. Pero entonces siempre aparece alguien: “Javier”, “maestro”. Siete personas saludan al poeta esta tarde. Un psicólogo de Querétaro incluso se toma una foto con él. El poeta posa sonriente aunque el dolor no amaina nunca, dice, sobre todo en las noches de insomnio.
— Cierro los ojos y miro a mi hijo, ese muchacho noble. Con su angustia, aterrado, esperando que unos tipos lo vayan a matar. Ese instante me duele mucho, en el que uno que se parece a ti te arranca la vida. La memoria es terrible. Ya sucedió, pero sigue sucediendo. Ya pasó, pero no.
Los ojos de Emiliano Zapata impresos en una camiseta gris desvaída asoman entre los botones de su camisa, a la que hay que sacudirle la ceniza del cigarro. El escolta lo vigila a una distancia prudente y sus alumnos lo esperan en la universidad. Se va calle arriba quien no quería ser nada más que un poeta pero acabó convertido en la voz de los muertos y los desaparecidos de México.
— Las víctimas no somos soportables. Nadie quiere oír el horror, por eso fue catártico el Movimiento. Hizo sonar el aullido del dolor hasta que el Gobierno lo quiso tapar. Ahora desde Guerrero se oye otra vez ese grito.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Vaticano: apoyar, financiar y armar el terrorismo es moralmente reprochable



Comunicado del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso sobre la violencia perpetrada por el Estado Islámico

Ciudad del Vaticano, (Zenit.org) Rocío Lancho García | 658 hits

Es necesario ser unánimes en la condena sin ninguna ambigüedad de los crímenes que se están realizando en Irak y denunciar la invocación de la religión para justificarlos. Así lo ha afirmado el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso en un comunicado publicado esta mañana, en el que también agradecen a todos aquellos que ya han levantado su voz contra estas prácticas indignas del hombre.

Tal y como se afirma en el texto, todo el mundo asistió sorprendido, a lo que ahora se ha llamado "la restauración del Califato", que fue abolido el 29 de octubre 1923 por Kamal Ataturk, fundador de la Turquía moderna. La respuesta a esta "restauración" por parte de la mayoría de las instituciones religiosas y políticas musulmanas -se lee en el comunicado-  no ha impedido a los yihadistas del "Estado Islámico" que hayan cometido y sigan cometiendo actos criminales indescriptibles. 
Este Consejo Pontificio, todos aquellos que están comprometidos en el diálogo interreligioso, los seguidores de todas las religiones, así como los hombres y mujeres de buena voluntad, "no pueden hacer otra cosa que denunciar y condenar sin ambigüedad estas prácticas indignas del hombre".
A continuación, el comunicado enumera dichos actos criminales: "La masacre de personas por el solo motivo de su pertenencia religiosa; la práctica execrable de la decapitación, la crucifixión y la muestra de cadáveres en lugares públicos; la elección impuesta a los cristianos y a los yazidíes entre la conversión al Islam, el pago de un tributo (jizya) o el éxodo; la expulsión forzada de decenas de miles de personas, entre ellos niños, ancianos, mujeres embarazadas y enfermos; el secuestro de chicas y mujeres de la comunidad yazidí y cristiana como botín de guerra (sabaya); la imposición de la práctica bárbara de la infibulación; la destrucción de los lugares de culto y de los mausoleos cristianos y musulmanes; la ocupación forzada o la profanación de las iglesias y de los monasterios, el retiro de crucifijos y de otros símbolos religiosos cristianos así como los de otras comunidades religiosas; la destrucción del patrimonio religioso-cultural cristiano de un valor inestimable; la violencia extrema con el fin de aterrorizar a la gente para obligarles a rendirse o huir".
Asimismo, indica que "ninguna causa podría justificar tal barbarie y ciertamente no una religión". El Pontificio Consejo añade que "se trata de una ofensa de extrema gravedad hacia la humanidad y hacia Dios que es el creador, como lo ha recordado a menudo el papa Francisco".
Por otro lado, el dicasterio vaticano recuerda que "cristianos y musulmanes han podido vivir juntos -con altos y bajos- a lo largo de los siglos, construyendo una cultura de la convivencia y una civilización de la que están orgullosos". Y es sobre esta base que, en los últimos años, "el diálogo entre cristianos y musulmanes ha continuado y se ha profundizado", explican.
Además, el comunicado observa que "la situación dramática de los cristianos, de los yazidíes y de las otras comunidades religiosas y éticas numéricamente minoritarias en Irak, exige una toma de posición clara y valiente por parte de los responsables religiosos, sobre todo musulmanes, de las personas comprometidas en el diálogo interreligioso y de todas las personas de buena voluntad. Todos deben ser unánimes en la condena sin ninguna ambigüedad de estos crímenes y denunciar la invocación de la religión para justificarlos". Si no, "¿qué credibilidad tendrán las religiones, sus seguidores y sus jefes? ¿Qué credibilidad podría tener aún el diálogo interreligioso pacientemente perseguido en estos últimos años", se pregunta el dicasterio.
Finalmente, los líderes religiosos son también llamados a ejercitar "su influencia sobre los gobernantes para el cese de estos crímenes, la punición de aquellos que los comenten y la restauración del Estado de derecho en todo el país, asegurando el regreso de quien ha sido expulsado". Y concluyen el comunicado recordando "la necesidad de una ética en la gestión de las sociedades humanas, estos mismos líderes no dejarán de subrayar que apoyar, financiar y armar el terrorismo es moralmente reprochable".
Las últimas palabras del comunicado del Pontificio Consejo son un agradecimiento a todos los que ya han levantado su voz contra el terrorismo, en particular el que usa la religión para justificarlo. Y así, unen sus voces a la del papa Francisco: "El Dios de la paz suscite en todos un auténtico deseo de diálogo y de reconciliación. La violencia no se vence con la violencia. La violencia se vence con la paz".
(12 de agosto de 2014) © Innovative Media Inc.