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martes, 7 de abril de 2015

Artículo: 12 prejuicios y falacias cognitivas que te impiden ser absolutamente racional

12 prejuicios y falacias cognitivas que te impiden ser absolutamente racional

"La razón humana no es tan perfecta como casi siempre se le considera y, por el contrario, posee fisuras estructurales por las que se cuela el error, el equívoco, la falsedad; o quizá no sea así y esto que consideramos desdeñable sea solo otra expresión de nuestro deficiente pensamiento.

El razonamiento es quizá el mejor mecanismo para ejemplificar cómo la naturaleza y la cultura se encuentran indisociablemente ligadas, cómo una y otra se nutren entre sí formando una especie de simbiosis en la que una no puede existir sin la otra.
Si bien, por un lado, el pensamiento racional fue uno de los mecanismos decisivos en el proceso de supervivencia, su posterior sofisticación determinó una manera de pensar muy señalada, una forma del raciocinio que es la única que conocemos pero no la única que adivinamos, una paradoja que nos hace imaginar lo que podría ser sin definirlo cabalmente.
Nietzsche, Foucault y otros filósofos  mostraron cómo el pensamiento racional tiene formas muy específicas, que no existe un pensamiento por antonomasia a pesar de que esto lo podamos expresar únicamente desde esta manera de pensar.
Quizá por eso la lista que presentamos a continuación tiene un doble sentido. Por una parte, sí, reunir esos vicios y trampas de la razón que, como dice el título, nos impiden ser totalmente racionales: falacias, prejuicios y tendencias que nos inclinan hacia un “lado oscuro” donde las cosas parecen ciertas y verdaderas pero solo por una sutil deficiencia en la argumentación.
Por otro lado, sin embargo, también quisiéramos recalar en esa carga negativa que por siglos se ha imputado a estas expresiones del pensamiento racional. En La verdad y las formas jurídicas, Foucault emprende una entusiasta defensa de los sofistas, tan despreciados por el pensamiento occidental dominante (el Platónico, siguiendo la argumentación de Nietzsche), y en quienes el francés vio a los depositarios del cariz más auténtico de la razón occidental, aquella que esconde entre su supuesta limpidez lógica rasgos que le son consustanciales como su relación íntima con el poder.

Se trata, en suma, de un ejercicio de autorreflexión sobre la razón humana, nuestra razón, por tanto tiempo tenida en un altar propiciatorio pero que no es, en modo alguno, la única posible ni mucho menos válida. "

Para ver las 12 falacias haz click aquí:

miércoles, 18 de marzo de 2015

La mutación de Aristegui o el cerebro detrás de la Casa Blanca



Principio del formulario
La mutación de Aristegui o el cerebro detrás de la Casa Blanca
Por Wilbert Torre, cuaderno invitado
(Foto del autor: Rodrigo Marmolejo/Gatopardo)

Hace unos años, en una de esas discusiones al final de una fiesta donde directivos y colaboradores de la revista Proceso lanzaban sentencias como si se tratara de cuchillos, Julio Scherer miró a los ojos a la célebre conductora de radio sentada en medio de todos y le dijo:
–Carmen, perdóneme, pero usted no es periodista.
Aristegui, recuerdan algunos de los presentes, se ofendió muchísimo.
Reportero nato que llevó a territorios temerarios el juego periodístico de entrar y salir no siempre ileso de los pantanos del poder, Scherer creía tal vez que sentada detrás de un micrófono, Carmen no hacía periodismo. La veía quizá como una comentarista crítica y aguda, pero no como una periodista de cuerpo entero, como era él, un sabueso de todas partes a la caza de información, un hombre que desayunaba, comía y cenaba periodismo puro.
Un tiempo después, en febrero de 2011, Aristegui soltaba al aire una bomba: “No es la primera vez que se habla del presunto alcoholismo del presidente Calderón”, dijo al dar cuenta de una pancarta desplegada en la Cámara de Diputados.
Lo que ocurrió es conocido por todos: Los Vargas, propietarios de MVS, echaron a Aristegui despertando la sospecha de que su despido era una orden de Los Pinos.
En medio del escándalo, entre algunos periodistas independientes ocurrieron acalorados debates. Se preguntaban si era ético lanzar al aire una pregunta sin que mediara una investigación y pruebas mínimas de lo que se cuestionaba.
Al sembrar la pregunta aquel día en su programa, Aristegui tuvo el cuidado de advertir que no era posible corroborar si Calderón tenía problemas de alcoholismo. Pero se trataba de un tema delicado –dijo– y era necesario saber si era cierto.
Unos días más tarde, el escándalo de su despido y los señalamientos de que detrás se encontraba la Presidencia, provocaron algo inaudito: que Aristegui fuera reinstalada.
Cuatro años después, sentados en una sala de MVS en una entrevista para la revista Gatopardo, le dije a Aristegui que a mi parecer existía una diferencia abismal en su forma de hacer periodismo, entre un golpe sin pruebas como la denuncia del alcoholismo de Calderón y la investigación impecable, rigurosa, atestada de elementos que la llevó a destapar el escándalo de la Casa Blanca de 7 millones de dólares propiedad de la familia del presidente Peña. ¿Qué has debido ajustar y corregir en tu trabajo? ¿Has sido injusta o inexacta? Le pregunté.
—No diría que me equivoqué en un asunto específico. No pretendo vanagloriarme de no tener equivocaciones. Si dije un dato por otro, no tengo problema en corregir. Sobre lo sucedido con el ex presidente Calderón y una investigación cabal como la de La Casa Blanca, yo diría que ambos tienen su peso y significado y de ninguno me arrepiento. En ambos me sostengo en lo dicho y en lo hecho.
—¿Por qué te pareció pertinente llevar la denuncia del alcoholismo de Calderón a la mesa?
—Se había presentado un suceso noticioso en la Cámara. Pero hubo un sobredimensionamiento por un berrinche presidencial. De no haber sido sobredimensionado por un presidente que se sintió ofendido por una pregunta, hubiera quedado como un comentario editorial entre tantos otros que se hacen en la radio y la televisión. El caso de Calderón tomó una dimensión extraordinaria por tratarse de una reacción desmedida del poder presidencial frente a una interrogante que no fue afirmación, de una periodista que consideró y sigue considerando pertinente preguntar.
—¿Fue un abuso de poder?
—Me parece que sí. Desde luego un abuso de poder, una acción absolutamente indebida de Calderón que generó una reacción muy importante en el auditorio porque creó un estado de cosas que permitió lo imposible de imaginar, mi regreso a la radio después de haber salido como salí. Ese hecho insólito fue posible entre otras cosas por la propia valoración de MVS de cómo habían sucedido las cosas, de un hecho específico con una dimensión pequeña, para mí, un comentario editorial sobre un hecho noticioso que se sobredimensionó y convirtió aquello en un gran conflicto entre la Presidencia y un grupo empresarial. Se me pedía una disculpa que no estaba dispuesta a dar porque no debía disculparme por algo que sigo considerando pertinente, que es preguntarle al poder lo que sea. Puede ser antipático, pero si un periodista no puede preguntar algo derivado de un suceso donde participaron legisladores, donde la situación provocó que se suspendiera la actividad del Congreso, pues entonces estamos en serios problemas. Se convirtió en un caso donde el poder político disgustado con la periodista exigió algo inadmisible que era que se arrodillara para satisfacer el enojo presidencial.
Aristegui no contó en esa entrevista que en años recientes emprendió una serie de ajustes y correctivos que le permitieron mejorar en mucho su tarea periodística.
De ser una entrevistadora nata y una periodista crítica que destapaba escándalos y se atrevía a preguntar lo que la mayoría de periodistas no preguntaban, aunque con frecuencia lo hiciera sin elementos, Aristegui se encontró en un tiempo relativamente breve presentando periodismo de investigación. Su programa adquirió mayor rigor y contenido.
La clave de esa mutación tiene un nombre: Daniel Lizárraga, un reportero veterano y reservado, de talante sereno.
Muchos años fuimos vecinos de escritorio en el periódico Reforma. Lo veía llegar muy serio, saludar con esa sonrisa tímida que se asoma en medio de sus anteojos y sentarse a la computadora para escribir un texto. Escribía dos líneas y las borraba. Escribía el primer párrafo y lo borraba. Escribía la mitad de su nota y la borraba. Así podía pasar el tiempo hasta que caía la noche y Roberto Zamarripa, subdirector del diario, nuestro jefe, bajaba a su lugar para apresurarlo.
Esa aparente inseguridad y su asistencia a talleres con prestigiados periodistas de investigación detonó en Lizárraga quizá la mayor de sus virtudes: el rigor. Releer diez veces un documento. Desconfiar de sí mismo. Saber dónde y cómo encontrar información. Verificar, verificar y verificar, un ejercicio casi inexistente en el periodismo mexicano.
***
Un día de mayo de 2013 cuando hacía las compras en la Comercial Mexicana de San Jerónimo, Rafael Cabrera, un reportero de 30 años, vio en la revista Hola un reportaje sobre la imponente casa de la familia Peña. La leyó y pensó: “aquí puede haber algo”.
Un año después Cabrera entró al equipo de investigaciones de MVS liderado por Lizárraga. Unos días más tarde ambos presentaron a Aristegui el proyecto de investigación de la casa de Las Lomas. “Carmen peló los ojos –recuerda Cabrera– y dijo: esto es una bomba atómica”.
Cabrera y otro joven reportero, Irving Huerta, emprendieron una investigación de 8 meses. El cerebro detrás fue Lizárraga, que iluminó y guió sus pasos pidiéndoles indagar y confirmar; solicitó información al gobierno, interpuso amparos para liberar documentos negados y como un capitán se echó el equipo y el asunto a los hombros.
A lo largo del proceso el equipo presentaba reportes a Aristegui, que insistía en la importancia de verificar dos veces todo y no dejar una sola rendija suelta por donde se pudiera desacreditar la investigación. Al final, cuando estuvo todo listo, Carmen se sentó ante la computadora y escribió los tres primeros párrafos de la historia que a propuesta de Lizárraga fue bautizada como La Casa Blanca del presidente Enrique Peña Nieto.
***
Creo que el ciclo de Aristegui en MVS –terminé de escribir este texto al anochecer del domingo– ha llegado a su fin y me parece que debe aceptarlo. No creo en la opción de mantener un espacio libre solo porque sí, en un sitio que la ha censurado y volverá a hacerlo, presionado y acorralado en buena medida por el gobierno. Y menos aún comparto esa posibilidad si Lizárraga y parte del equipo que daba contenido al programa, están fuera.
El argumento de Los Vargas de que Aristegui cometió abuso de confianza utilizando la marca MVS para suscribir la plataforma Mexicoleaks es legal, pero tramposo: Los Vargas saben que una condición irrenunciable de Aristegui es y ha sido siempre, ahí y en todos los espacios que ha ocupado, la independencia editorial para decidir qué asuntos investigar y presentar a la audiencia, cómo hacerlo y tomar otras decisiones. Así lo ha definido siempre y así se lo han aceptado.
Esta circunstancia abre una oportunidad para el periodismo y para los periodistas. Para que haya menos periodismo de denuncia y más periodismo de investigación.
–Carmen, perdóneme, pero usted no es periodista.
Dijo Scherer hace unos años y ahora es oportuno reflexionar sobre el polémico juicio formulado por el más polémico de los periodistas mexicanos.
¿Carmen Aristegui es periodista?
Se puede decir que Aristegui es más periodista que muchos que se dicen periodistas porque se codean con el poder, obtienen información privilegiada, reciben un trato privilegiado y hacen del periodismo un negocio. O se puede decir que no es periodista porque no hace periodismo en la concepción que se tiene del periodismo más clásico.
Creo que Scherer estaba en lo cierto –así la veía desde su propia definición de periodismo– pero estaba equivocado.
Aristegui no es quizá una periodista de cuerpo completo, una de esas que recorren un país y otro entrevistando personajes, reportando guerras, investigando y obteniendo documentos, escribiendo crónicas en sitios peligrosos, entrando y saliendo de las entrañas del poder para contarlo. Pero representa, en contraste, una concepción moderna del periodismo: lejos del poder y cerca de la sociedad.
¿Qué representa este episodio para el país y el periodismo?
El descubrimiento de que hoy más que nunca el periodismo debe ser un experimento donde se funden y complementen distintas características y habilidades, ante el acoso del poder para acallar el periodismo independiente.
¿Podría haber existido el gran reportaje de la Casa Blanca sin el trabajo de periodismo de investigación riguroso y de largo aliento de Lizárraga, Huerta y Cabrera?
No.
¿Podría haberse conocido el gran reportaje de la Casa Blanca sin la decisión de Aristegui de utilizar su espacio para detonar estos asuntos?
No.
¿Son más periodistas unos que otros?
No.
Son complementarios.
“El tema de la censura está ahí y el de la autocensura más”, me dijo Aristegui en la entrevista para Gatopardo. “Pese a la reforma en telecomunicaciones tenemos un sistema duopólico que no favorece el ejercicio libre del periodismo y las ideas. Ya veremos si la digitalización le da a México un modelo distinto”.
En estos momentos de definiciones para el periodismo me hago una pregunta capital:
¿Por qué Aristegui no se prepara para abrir cuando las condiciones se lo permitan su propio espacio radial, en vez de caer en un conflicto tras otro con empresarios que solo ven por sus intereses y no por el interés del país?
Es muy posible que en el momento de la lectura de este texto haya sucedido que Aristegui esté fuera una vez más de la radio o –altamente improbable– que MVS reinstale a Lizárraga y Huerta y retire el documento que impone condiciones a su trabajo, una carta abierta para censurarla.
Lo que suceda o haya sucedido con Aristegui representará algo clave: la voluntad del gobierno de Enrique Peña Nieto a aceptar o no el periodismo crítico e independiente y sus consecuencias.
Aristegui es con seguridad la más visible, pero no es la primera ni será la última periodista censurada en este país. Los medios están repletos de periodistas afines al poder y las calles llenas de periodistas cuya crítica e independencia les niegan espacios en la mayoría de medios
Periodistas como Daniel Lizárraga, director de orquesta en la investigación de la Casa Blanca, que todos los días, desde donde se encuentren, darán la batalla por cambiar y hacer de México un mejor país.

jueves, 30 de octubre de 2014

El genial músico Jordi Savall renuncia al Premio Nacional de Música en España

Con la entrada de este día, les compartimos la nota que relata las razones por las que el músico y musicólogo Jordi Savall ha decidido rechazar el Premio Nacional de Música que otorga el Ministerio de Educación de España.


La decisión de Savall nos invita a pensar en el papel que los artistas tienen no sólo en la promoción del arte, sino en la defensa de su sentido y esencia.

Es también ocasión de poner a su alcance un par de enlaces a sus aclamadas interpretaciones como ejecutante de la viola da gamba y de su rescate del patrimonio musical de la humanidad. Estamos seguros que las disfrutarán y querrán compartirlas también:





Agradecemos sus comentarios y reflexiones

miércoles, 15 de octubre de 2014

Trivializar el mal...




 En 1961, Adolf Eichmann, uno de los mayores criminales y arquitectos del Holocausto judío, fue juzgado y condenado a muerte en Jerusalén por crímenes contra la humanidad. Hannah Arendt, una filósofa alemana de origen judío, quien se había exiliado en Estados Unidos, viajó a Israel después de que The New Yorker le pidió ser quien escribiera del curso del juicio.

Arendt escribió más de trecientas cuartillas que convirtió en un libro titulado Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, en el cual no aparece el monstruo que iba dibujándose a través de una sucesión de relatos atroces en los que “la piel desgarrada y la carne torturada de los judíos” solo podía ser producto del “fanático celo y la insaciable sed de sangre” de Eichmann y de sus cómplices.

La autora veía en el estrado a un ordinario burócrata del nazismo, “incapaz de expresar una sola frase que no fuera una frase hecha” que buscaba ser eficiente en las tareas que se le encomendaban en su búsqueda por ascender. Lo escucha decir en su declaración final que “él jamás odió a los judíos, y nunca deseó la muerte de un ser humano”. Su culpa provenía de la obediencia, esa virtud tan alabada; eran quienes ostentaban el poder los que habían abusado de su obediencia.

Al contrastar “el execrable horror de los hechos” con la “innegable insignificancia del hombre que los había perpetrado”, el libro obliga a reflexionar y desafía la idea generalizada —como explica el escritor Jesús Ferrero— de que “el mal y su banalidad se ocultan en criaturas extraordinarias”, cuando la verdad es que hasta el mal más inmundo, puede cobijarse en la estructura física y mental de un individuo que puede calificarse como normal.

No es necesario, sin embargo, volver a un hecho como el Holocausto para encontrar expresiones que banalicen el mal. Abu Ghraib, Srebrenica, Ruanda y recientemente Siria hablan de ello, igual que la violencia cercana y cotidiana de los asesinos a sueldo de las bandas criminales en nuestro país o la noticia que salta a la cara sobre tres adolescentes que asesinan a un estudiante por aburrimiento.

En su trabajo, Hannah Arendt encontró que los individuos como Eichmann no eran sádicos, ni tampoco homicidas por naturaleza. Muchos de ellos incluso tenían educación avanzada. De ahí que el problema radicara, no tanto en dormir su conciencia, “como en eliminar la piedad meramente instintiva que todo hombre normal experimenta ante el espectáculo del sufrimiento físico”. Muchos hombres que se habían convertido en asesinos tenían en la cabeza algo que les era común: “la simple idea de estar dedicados a una tarea histórica, grandiosa, única”.

Intento traer la reflexión al escenario actual, luego de ver una foto de Eduardo Verdugo, de Associated Press, en la que se aprecia a un policía al que un grupo de provocadores ha bañado en gasolina y prendido fuego, durante la conmemoración de la matanza de estudiantes del 2 de octubre de 1968. A la difusión de la imagen le siguen comentarios festivos en redes sociales: “Si los policías no arden, ¿quién iluminará esta oscuridad?”, “Bien merecido a ese pusilánime que en lugar de defender al pueblo se abalanza contra él” o “No es legal, pero si muy divertido, el olor a policía quemado es muy similar al de cerdo quemado” [sic].
Cada vez que transigimos con el mal lo banalizamos y para que el mal se trivialice —escribía no hace mucho Arnaldo Kraus—, “es indispensable renunciar a la voluntad, sepultar el disenso, traicionar principios éticos básicos, enterrar la voz de la conciencia, ignorar la autocritica y aceptar la sumisión como forma de vida”.
Decía Salman Rushdie que ninguno de nosotros llega al mundo con las manos vacías; llevamos con nosotros el bagaje de nuestra herencia biológica y cultural, “puede que nos creamos libres para elegir, y moralmente responsables de nuestras decisiones […] pero el modo en que enmarcamos esas decisiones […] no es algo que decidamos únicamente nosotros”. Sin embargo, como advertía la escritora checa Monika Zgustova, Arendt puso de manifiesto que el mal puede ser obra de la gente común, de aquellos que renuncian a pensar para abandonarse a la corriente y herir al otro hasta la muerte, mientras creen desempeñar un papel de cambio. Ellos y sus compañeros de ruta, los que justifican a través del discurso y dan un valor moral positivo a un acto criminal,retratan a la perfección ese concepto acuñado hace 50 años: la banalidad del mal.
Letras Libres, Lorenzo Meyer.

viernes, 3 de octubre de 2014

A 46 años del 68, ¿han terminado los balazos?; no, respondió Elena Poniatowska


Elena Poniatowska participó en el Coloquio Memoria del 2 de Octubre en la Ibero Ciudad de México: Reflexiones Filosóficas y Culturales organizado por el Departamento de Filosofía y el Programa de Reflexión Universitaria (DSFI).

Le compartimos la nota periodística de La Jornada respecto de este evento.


A 46 años del movimiento estudiantil de 1968 “no han terminado los balazos en las calles de la ciudad de México ni en muchos lugares de la República, donde campea la violencia”, dijo la escritora y periodista Elena Poniatowska en el coloquio Memoria del 2 de octubre: reflexiones filosóficas y culturales, que el jueves se realizó en la Universidad Iberoamericana (Uia).

A 46 años del 68: enlace a la nota en La Jornada

martes, 15 de julio de 2014

martes, 8 de julio de 2014

El mundo hiere: literatura y realidad

El mundo hiere

En este artículo se reflexiona sobre la susceptibilidad de los alumnos universitarios ante ciertos textos de la literatura universal que nos confrontan con la realidad

jueves, 29 de mayo de 2014

Atrévete a no estar de acuerdo

Most people instinctively avoid conflict, but as Margaret Heffernan shows us, good disagreement is central to progress. She illustrates (sometimes counterintuitively) how the best partners aren’t echo chambers — and how great research teams, relationships and businesses allow people to deeply disagree.
Atreverse a disentir